"Su maldito idioma”
En una reciente reunión de Trump con algunos presidentes latinoamericanos, con lapidaria sinceridad, les dijo a todos ellos que no va a «aprender su maldito idioma», refiriéndose al español.
Decir esto ante un auditorio donde todos tienen como idioma materno el español y apenas balbucean un inglés rústico -como luego lo demostró Milei-, puede ser visto como una grosería inapropiada. Pero, en realidad, estamos ante un clásico síntoma lacaniano de metáfora y goce (El Seminario, Libro III).
El “maldito idioma” es el “sustituto de posición” de un idioma que al presidente Trump le resulta detestable y molesto porque se le presenta como una infección en el cuerpo social estadounidense imaginado como blanco, monolingüe (inglés) y protestante. Y el goce porque, si bien conscientemente sabe de los costos políticos que pueden arrastrar las humillaciones desplegadas hacia los migrantes latinos y la población latinoamericana en general, hay una desbordante satisfacción corporal que le provocan las crueldades y agravios que ha ordenado implementar contra ellos.
No es tanto un ataque a un idioma como a una población que mayoritariamente habla el idioma español.
Pero el golpe más duro contra la presencia latina ha venido de la mano del ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, que durante el último año ha desplegado una despiadada persecución de latinos en todo el territorio.
Se trata de una persecución racializada contra los migrantes, legales o ilegales, provenientes de Latinoamérica. Como lo expresaba una migrante argentina, el ICE “no busca papeles, busca cuerpos. Es una cacería”.
Y más allá de los centenares de miles de detenciones y deportaciones ilegales, están el miedo y escarmiento como políticas de Estado que se despliega hoy como modo de legitimación política. En esas circunstancias, la crueldad ejercida contra una parte de la población, galvaniza la cohesión de la otra parte de sus habitantes. Así, el “latino” para la mitad de los estadounidenses no solo es el “intruso” que alimenta todas las desquiciadas teorías sobre el “gran reemplazo” de los “verdaderos” norteamericanos (“blancos”): sino que, también, es el chivo expiatorio del deterioro económico de clases medias y populares “olvidadas” por la globalización neoliberal.
Todo esto está llevando a que la “latinidad” comience a presentarse en las instituciones y en el sentido común dominante como un estigma devaluatorio que quita derechos y ralentiza reconocimientos. Con el tiempo, en el prejuicio popular, la latinidad ya deviene en un marcador de ‘inferioridad” social. Resulta irrelevante si los sujetos posean una pigmentación de piel semejante a los norteamericanos anglosajones o si su apellido tiene raíz italiana o alemana; igual son peyorativamente categorizados como “latinos”, “frijoleros”, “spic”, “greaser” (J, Hill, 2008). De este modo la cadena de desprecios raciales escalonados a nivel nacional, alcanza ahora una dimensión global. Los que en España llaman despectivamente “panchitos” a los migrantes latinoamericanos, en Argentina “bolitas” a los migrantes bolivianos o, en Bolivia, “indios de mierda” a las poblaciones indígenas, no bien ponen un pie en Miami o New York, no son más que variantes de latinos provenientes de lo que Trump ha calificado como “shithole countries”.
Sin embargo, si uno se fija en los costos y beneficios de carácter económico y político que conlleva esta cruzada antimigrante y de sometimiento brutal del sur del continente, las consecuencias pueden resultar contraproducentes para la propia estrategia trumpista de “limpieza” étnica en lo interno y de vasallaje del continente.
La población hispanohablante del mundo es de 635 millones, la tercera más hablada del planeta (Instituto Cervantes, 2025). En EE.UU. los “latinos” -que es como llaman a los hispanohablantes- son 68 millones de personas, por encima de los “asiáticos” (21 millones) y los “negros” (39 millones). De ese total de latinos, 45 millones han nacido en EE.UU.; 8.6 millones son migrantes ciudadanizados y 14 millones (21 %), son no ciudadanos (Pew Research Center, 2025).
Económicamente, los latinos generan una actividad económica anual de 4 billones de dólares, más que Alemania o la India. Pagan cerca de 300.000 millones de dólares en impuestos (USLatinGDP, 2025), y más del 80% de lo que generan se queda en el país (Sheinbaum, 2025).
Dada esta importancia demográfica y económica de la migración latina, ¿cómo entender, entonces, esta gramática de la crueldad racializada que el Gobierno norteamericano está desplegando?
Es probable que el presidente Trump y la oligarquía que lo acompaña confíen en la capacidad seductora de la fuerza bruta de la dominación. Es una norma que se repite en la historia de todos los países del mundo que los migrantes de una región o país más pobre que se dirigen a otro más próspero tengan como modelo aspiracional a las élites exitosas de ese país o región de destino.
Es lo que Hegel, en la fase primera de la dialéctica del amo y el esclavo, llamó la “conciencia servil” del dominado ante el temor absoluto a la muerte que le puede infligir el amo. En este caso, el temor a la deportación o la exclusión.
Algunos datos apuntan a este camino de aceptación silenciosa de los agravios. En EE.UU., los migrantes latinos tienden a integrarse económica y culturalmente rápido a las estructuras sociales. Son los más propensos a creer en el “sueño americano” y están dispuestos a cualquier sacrificio para lograrlo (Noah Smith, 31, II, 2023).
Pero también hay dos aspectos gravitantes que pueden bloquear este calvario migrante que aspira a una futura redención integradora.
El primero, es que el latino en EE.UU. no es una minoría más que podría esperar su dilución en la sociedad dominante. Los latinos son la segunda mayoría poblacional del país, la más joven y la de mayor crecimiento. Además, un 94 % se define a sí misma como hispana (Pew Research Center, 2025).
Se trata de una densidad social que, tarde o temprano, va a dar lugar a una acción colectiva por la construcción de algún tipo de nación multicultural y de institucionalidad estatal multiétnica, tal como lo hizo la población norteamericana afrodescendiente con el poderoso movimiento por los derechos civiles, entre los años 50 y 70 del siglo XX.
El segundo, que el racismo es un tipo de fuerza económica que devalúa el trabajo y los bienes de los sujetos racializados.
Bloquea oportunidades de ascenso social de los segregados y sobrevalúa artificialmente la posición y los recursos de los sujetos que racializan a los demás. Estamos ante modalidades de transferencia económica por vía de la jerarquización discursiva de los cuerpos. Y ello, ejercido violentamente contra una población numerosa que posee un patrimonio económico relevante, no puede pasar desapercibido en la conciencia de los usurpados.
Lo propio puede afirmarse respecto a los países hoy arrastrados al vasallaje por sus elites políticas. Con el tiempo, la sumisión resignada que acepta la despiadada expropiación de fuerza de trabajo y recursos naturales, puede transformarse en una explosiva insurgencia anticolonial orientada a la recuperación de sus riquezas.
¿Se expresará todo esto en el desplazamiento del voto latino en las elecciones de medio término de noviembre de 2026? Es muy probable. Pero me inclino a pensar que lo más importante viene del lado de una intensificación de las ya elevadas frustraciones y resentimientos explosivos que vive la sociedad estadounidense, con el consiguiente aumento de la polarización política y la anomia social que prevalece desde el asalto al Capitolio en 2021.
+ Artículo publicado en simultáneo con Diario Red, de España.