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quinta-feira, 23 de julho de 2026

¿Hay un giro a la derecha en América Latina? - Carlos Malamud (El Mundo)

 ¿Hay un giro a la derecha en América Latina?

Aún es pronto para afirmar que estamos ante un giro estructural: 30 de las 46 elecciones presidenciales celebradas desde 2015 las ha ganado la oposición
¿Hay un giro a la derecha en América Latina?
Carlos Malamud
El Mundo, 18 julio 2026

Las noticias que llegan de América Latina, al igual que de otras partes del planeta donde todavía se puede votar, parecen constatar un imparable giro hacia la derecha. En más de un caso hacia la extrema derecha, con victorias tan emblemáticas como las de Javier Milei (Argentina) y Nayib Bukele (El Salvador) o las más recientes de José Antonio Kast (Chile) y Abelardo de la Espriella (Colombia).

Para reforzar esta idea se recuerda que, ante esta incontenible deriva conservadora, muy pocos gobiernos de izquierda y centroizquierda se mantienen en la región. Las excepciones son Brasil (donde Lula da Silva aspira a ser reelegido en octubre), México (Claudia Sheinbaum), Uruguay (Yamandú Orsi) y Guatemala (Bernardo Arévalo). Además, con una mirada amplia, y dadas las dificultades para adscribir política e ideológicamente a ciertos partidos y líderes, se podría incluir en este pequeño grupo a Luis Abinader (República Dominicana). Por fuera, y por razones obvias, están las dictaduras soi-disant progresistas de Cuba, Nicaragua y Venezuela (esta última ahora apoyada por Donald Trump y Marco Rubio), que más que defender las libertades las machacan y favorecen la marea conservadora.

A la vista de lo que pasa en la región desde principios de siglo, el principal interrogante es si estamos ante un nuevo golpe de péndulo, similar a los ocurridos a partir de 1998 tras la victoria electoral de Hugo Chávez (giro a la izquierda, ola rosa o bolivarianismo), con rotaciones levógiras o dextrógiras; o si, por el contrario, se trata de una tendencia más profunda. Si todo esto es meramente coyuntural, producto de la frustración ciudadana, del calendario y del extendido voto de castigo a los oficialismos (el llamado voto de cabreo o voto bronca), o si es estructural y responde a movimientos y transformaciones de más largo plazo. Hasta ahora la seguidilla de elecciones en varios países con gobiernos de izquierda, o viceversa, ha provocado giros hacia ambos lados.

Aún es pronto para responder afirmativamente a la pregunta de si estamos ante una imparable marea conservadora. Si bien Bukele fue elegido por primera vez en 2019, Milei recién triunfó en 2023. A partir de ahí, siguiendo la estela trumpista, se encadenaron diversas victorias de opciones de derecha.

Ahora bien, si se analizan los resultados de las 46 elecciones presidenciales realizadas en América Latina entre 2015 y 2026, se ve que solo 16 fueron ganadas por los oficialismos y las 30 restantes, dos tercios del total, por las oposiciones. De momento, por lo tanto, no se puede emitir un juicio concluyente.

De los nuevos presidentes latinoamericanos de derecha, sólo Bukele, en 2024 y el ecuatoriano Daniel Noboa, en 2025, fueron reelegidos. Lo de Bukele fue posible tras colonizar a los otros poderes del Estado y forzar una reinterpretación de la Constitución salvadoreña que prohibía expresamente la reelección (la reelección indefinida se introdujo posteriormente). Lo de Noboa ocurrió en un contexto de emergencia de seguridad pública. Por eso, para afirmar que efectivamente estamos ante un giro a la derecha, o incluso a la extrema derecha, hay que esperar a ver si los gobiernos de esas tendencias se consolidan ante la ciudadanía y comienzan a ser reelegidos uno tras otro. Es más, ante la deriva de opciones más radicales habría que recordar los casos de Bolivia y Perú, donde las candidaturas más extremas de Jorge Tuto Quiroga y Rafael López-Aliaga fueron derrotadas por las más templadas de Rodrigo Paz Pereira y Keiko Fujimori.

La consolidación del giro a la derecha depende tanto de cuestiones internas como externas. Internamente es importante el éxito político y el cumplimiento de las grandes promesas electorales, sobre todo de aquellas socialmente más sensibles, como garantizar el orden público, acabar con la corrupción u ordenar la economía (Argentina). De no satisfacerse estas expectativas, sería lógico pensar que los ciudadanos frustrados siguieran buscando nuevas y mejores opciones, de cualquier color, fuera del sistema. En el contexto actual, para mantenerse en el poder no basta con presentarse como un outsider con lenguaje populista, más a la izquierda o más a la derecha: es necesario tocar otros registros. Hay que consolidar los objetivos propuestos, algo bastante complicado en el ambiente de polarización y crispación existente en los distintos países latinoamericanos.

Desde el punto de vista externo, no hay que perder de vista la tupida red de intereses que comenzó a tejerse en el primer mandato de Trump entre la extrema derecha de Estados Unidos y sus pares latinoamericanos. En esta tarea brilló con luz propia Steve Bannon, entonces asesor de Trump. Por otra parte, tampoco se entendería el auge de las opciones más radicalizadas sin un cierto apoyo europeo, básicamente proveniente de España y Hungría.

Respecto a Hungría, la derrota sufrida por Viktor Orban en las elecciones parlamentarias de abril fue un duro golpe para las ayudas económicas y políticas del partido Fidesz y de sus ONG y bancos próximos. En cambio, lo que de momento sí sigue funcionando intensamente es el apoyo de Santiago Abascal, de Vox, de la Fundación Disenso y del Foro de Madrid.

En todo caso, y dado el respaldo que muchos de estos grupos y políticos latinoamericanos reciben de la Casa Blanca, como ocurrió en las legislativas argentinas (octubre de 2025) y en las presidenciales hondureñas (diciembre de 2025), las elecciones estadounidenses de medio mandato serán claves para ver si este apoyo se revalida o si, por el contrario, empieza a encontrar ciertos límites.

Hasta que la profundidad del giro a la derecha pueda comprobarse empíricamente, lo cierto es que estamos ante un potente desembarco de opciones conservadoras de muy distinto signo. Como se puede ver en las diferentes relaciones que unos gobiernos y otros mantienen tanto con España como con la Unión Europea, es difícil hallar un común denominador entre todos ellos. Incluso la fidelidad de sus aparentes seguidores es, en muchos casos, meramente instrumental.

La heterogeneidad existente entre estos nuevos gobiernos es similar a la que caracterizó a los presidentes de izquierda o bolivarianos en la primera década del siglo XXI. De ahí que, pese a este aparente giro a la derecha, y más allá de la reunión en Mar-a-Lago en torno al Escudo de las Américas que Trump convocó con los gobiernos más afines de la región para luchar contra el narcoterrorismo, la realidad es que la posibilidad de que América Latina avance en la formulación de consensos a escala regional o internacional sigue siendo difícil.

Carlos Malamud es investigador principal del Real Instituto Elcano y catedrático de Historia de América en la UNED. Su último libro es Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983) (Catarata, 2026)

domingo, 8 de março de 2026

Por qué la dictadura cubana caerá antes de 2027 - Carrlos Malamud (El Mundo)

Carlos Malamud me envia seu mais recente artigo:


Remito enlace del artículo "Por qué la dictadura cubana caerá antes de 2027" publicado hoy, 8/III, en El Mundo, que inicia mi colaboración mensual en el dicho periódico.

Tablero global
Por qué la dictadura cubana caerá antes de 2027
La sensación de fin de época es manifiesta, y se ve reforzada por carencias en los servicios básicos y el combustible
Carlos Malamud
El Mundo, 8/03/2026
https://www.elmundo.es/opinion/2026/03/08/699842ffe85ece59318b459a.html

La película El hundimiento (Der Untergang) de Oliver Hirschbiegel, de 2004, nos sitúa en la recta final del Tercer Reich, con una guerra definitivamente perdida y algunos gerifaltes nazis, especialmente los más fanáticos, dispuestos a resistir hasta el final en el búnker del Führer. La mayoría de ellos, resignados, veían cómo su proyecto estaba definitivamente agotado y que, de una forma u otra, no solo iban a ser arrastrados por la caída de Hitler, sino que también pronto serían parte de un recuerdo poco o nada glorioso.

Salvando todas las distancias entre la Alemania nazi y la Cuba revolucionaria, que son muchas, las calles degradadas hasta el infinito en algunos barrios de La Habana tienen una cierta reminiscencia con las calles devastadas de Berlín y otras ciudades alemanas. Esto se hace más visible, ironías al margen, cuando cae la noche y los apagones prolongan las alargadas sombras de la desesperanza por fuera de unas viviendas que prácticamente ya no son refugio de casi nada.

Una de las grandes diferencias entre Berlín y La Habana es que mientras una había sido homogéneamente destrozada por los bombardeos aliados, en la otra sus élites políticas, económicas y militares mantienen unos elevados niveles de consumo, visibles no solo en sus barrios y en sus coches eléctricos, alimentados con paneles solares, sino también en su acceso a bienes inalcanzables para el común de los cubanos. Esto es posible gracias a su control de las mipymes (micro, pequeñas y medianas empresas), emprendimientos que florecen gracias a sus conexiones políticas y familiares con el establishment «revolucionario».

La sensación de fin de época es manifiesta. Esta se ve reforzada por la falta de combustible, y su correlato en electricidad y transporte; por el desabastecimiento de alimentos y medicinas; por el aumento de la represión y de la delincuencia; por las carencias de unos servicios básicos como sanidad y recogida de basuras. El rebrote de algunas enfermedades infecciosas, como el dengue y la chikungunya -popularmente, «el virus»-, no hacen más que resaltar unas imágenes sencillamente pavorosas.
Yirmara Torres Hernández, ex presidenta de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), señaló de forma irónica y contundente que «para tener apagones hay que tener electricidad» y a Matanzas como «una ciudad de zombis», dado el andar «doblado y adolorido» de buena parte de la población contagiada por el virus. En esas condiciones no se vive sino que se malvive o se sobremuere. Todas estas carencias, en medio de la oscuridad, sobredimensionan unos fogones colectivos montados en las calles para cocinar, comer caliente y tener algo de luz, incluso quemando muebles en desuso.

Durante décadas la cúpula castrista, apelando a la ortodoxia revolucionaria, condenó y persiguió cualquier forma de iniciativa privada, considerada un promotor de desigualdad. Este ambiente de fin de ciclo potenciado por la manifiesta falta de solidaridad de sus élites acentúa entre el grueso de la población la sensación de haber sido traicionada por la Revolución. El mal sabor de boca aumenta cuando se constata que en medio del naufragio ha llegado al momento del «sálvese quien pueda».

Si a este cóctel explosivo le sumamos la presión del Gobierno de Donald Trump, que alcanzó uno de sus puntos más álgidos tras su control del crudo venezolano y su afirmación del 11 de enero de que «no habrá más petróleo ni dinero para Cuba», la conclusión es una debacle inminente. Sin embargo, la decadencia del régimen cubano es previa al regreso de Trump a la Casa Blanca y, en buena medida, responsabilidad exclusiva del régimen imperante durante casi 70 años. No se olvide que la mayor parte de los problemas ya estaban presentes a fines de 2024, aunque en el último año el deterioro se ha incrementado.

Hace un mes el Wall Street Journal anunció que la Administración Trump buscaba activamente un cambio de régimen antes de fin de año. Y que, con el propósito de activarlo, estaba negociando con las personas más idóneas para reemplazar al sistema comunista y hacerse cargo del poder. Atendiendo al precedente venezolano, esas personas deberían tener una clara proximidad al poder. Ahora bien, de aplicarse este precedente, más allá de la vigencia del Corolario Trump- Monroe, es difícil pensar que en Cuba, al menos en los meses iniciales, se produzca algo parecido a un cambio de régimen o que se inicie abiertamente una transición de la dictadura a la democracia. Las consecuencias migratorias de una coyuntura descontrolada, que empezarían a sentirse en Florida, llevan a incrementar las cautelas para impedir un desenlace violento.

La negociación en marcha es la salida esperada por el secretario de Estado, Marco Rubio. Por razones obvias no se informa de esas conversaciones, aunque conocer con certeza la identidad de los interlocutores permitiría reflexionar con mayor base sobre la amplitud del relevo en la cúpula, sobre el perfil del grupo o los grupos que serían apartados del poder y, como consecuencia de lo anterior, sobre los responsables del nuevo gobierno. ¿Será un militar, como algunos especulan, con un perfil similar al de Delcy Rodríguez, o será algún miembro más abierto y con buenos contactos internacionales de la familia Castro?

Antes del verano o de finales de año, por las buenas o por las malas, como dijo un amigo cubano, con presión internacional o sin ella, es probable que la dictadura caiga. Su subsistencia en el futuro inmediato sería un verdadero milagro. De ahí que, en las actuales circunstancias, lo más lógico sería dejar de infligir más daño a la población. En ningún caso será un proceso limpio, pero de todas formas será necesario y bien recibido por la mayoría de la población.

En 2020 el trovador Ray Hernández compuso El bucanero, una descarnada descripción de las penurias que atravesaba el régimen, al que comparaba con un viejo velero: «La línea de flotación está llena de agujeros y roto el palo mayor», «se oxidó el ancla... y no hay una pata de palo que no tenga comején». Si bien más tarde dulcificó sus críticas, se declaró comunista y leal al Gobierno y a la Revolución y fue un feroz censor de las movilizaciones de julio de 2021, hay una frase de su canción que describe el momento actual sin dejar lugar a engaño: «Olvídense del tesoro porque perdimos el mapa». Ante la magnitud de la catástrofe la pregunta es si hay en el horizonte algún cartógrafo capaz de dibujar un nuevo mapa que permita a la sociedad cubana navegar en las aguas procelosas que le tocará recorrer en el futuro inmediato y volver a ser la Perla del Caribe.

Carlos Malamud es investigador principal del Real Instituto Elcano y catedrático de Historia de América en la UNED. Su último libro es Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983) (Catarata, 2026)

domingo, 14 de março de 2021

A quase destruição da democracia americana por Trump - James Robinson (El Mundo)

Por qué fracasó el populismo trumpista

James A. Robinson

 El Mundo, Madri – 10.3.2021

 

 Aunque resulte difícil de creer para quienes vieron el espectáculo, el reciente segundo juicio político contra el expresidente estadounidense Donald Trump en el Senado sugiere que la democracia estadounidense sigue siendo sólida. Los cuatro años de desacato grandilocuente y flagrante de Trump a la tradición y los procedimientos habían socavado la confianza en la capacidad de recuperación del sistema político estadounidense, pero los procedimientos del juicio político parecieron afirmar la fortaleza de las instituciones democráticas del país.

El gobierno de Trump sacudió a EE. UU. con el rechazo activo de esas instituciones, que culminó con la invasión del Capitolio estadounidense el 6 de enero por una turba convocada por Trump. Parece que con el presidente Joe Biden se recuperó el equilibrio

De hecho, la democracia estadounidense aún es vulnerable, principalmente por la falta de compromiso de muchos de sus habitantes con las instituciones democráticas. Mientras Trump trabajaba para desinstitucionalizar al país y enriquecerse durante su mandato, el Partido Republicano se cruzó de brazos o, en algunos casos, lo aplaudió, allanando el camino a la sedición. Muchos estadounidenses y una porción considerable de la élite política estuvieron dispuestos a ver caer la democracia, una sensación que se intensificó cuando todos los senadores republicanos, excepto siete, votaron para absolver a Trump en febrero.

Por supuesto, aun cuando el juicio en el Senado no logró alcanzar la mayoría de dos tercios necesaria para declararlo culpable de incitar la insurrección del 6 de enero, sus esfuerzos para anular la elección presidencial de 2020 fracasaron. Las instituciones políticas estadounidenses prevalecieron y triunfó la democracia. Trump no pensó estratégicamente ni contó con un plan para traducir sus tendencias autocráticas en nuevas instituciones autoritarias.

De todas formas, asusta que un aspirante a autócrata más serio y hábil hubiera podido alcanzar el éxito donde Trump fracasó, no cuesta mucho entender cómo pudo haber ocurrido.

Los autócratas exitosos necesitan algo que se asemeje a un proyecto político integral. A fin de cuentas, el «América primero» de Trump fue principalmente una pose, porque no podía producir mejoras reales en las vidas de sus electores. Todos los autócratas exitosos —como el expresidente venezolano Hugo Chávez, el presidente argentino de posguerra Juan Perón y el actual presidente ugandés Yoweri Museveni— de alguna manera «cumplieron» frente a sus principales votantes.

Trump logró beneficios, pero solo para los ricos, eliminando impuestos y normativa legal. Sus gestos simbólicos no perdurarán y su eslogan «Que América vuelva a ser grande» está destinado a ser sepultado en el fondo de millones de armarios estadounidenses.

Los republicanos harían bien en tener esto en cuenta. En lugar de ello, gran parte del partido, tanto en el Congreso como a nivel local y estatal, aún se aferra a la falsa narrativa del fraude electoral y apoya a los insurgentes, o propone que la toma por asalto del Capitolio fue una puesta en escena para debilitar a Trump.

Esto es extremadamente preocupante. Perón pudo gobernar como lo hizo después de la Segunda Guerra Mundial porque la creciente intromisión presidencial en la Corte Suprema y las instituciones políticas argentinas había erosionado esos organismos durante los 15 años previos. La mayoría de los estadounidenses no desea seguir ese camino, aun cuando sí lo hagan muchos de sus líderes políticos electos.

Afortunadamente, el sistema político estadounidense cuenta con muchas fuentes de resiliencia, una de ellas es la integridad de los funcionarios locales y estatales, como la de quienes certificaron el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre pasado en Michigan —a pesar de las amenazas de los partidarios de Trump— y la del gobernador republicano y los administradores de las elecciones de Georgia, que hicieron frente a las amenazas del propio Trump. Otra es el poder judicial: hasta los jueces nombrados por Trump se negaron a dar credibilidad a las afirmaciones infundadas de fraude electoral propagadas por el presidente y sus aliados. Eso funcionarios hicieron su trabajo y creyeron en el sistema.

Pero el talón de Aquiles del llamado populista de Trump fue su antiestatismo extremo. Odiaba al gobierno y no podía tolerar que se fortalecieran sus capacidades. Como prueba no hace falta más que ver la innumerable cantidad de vacantes en el gobierno federal para las que no hubo nombramientos durante los cuatro años de su período; ni qué hablar de la desastrosa respuesta de su gobierno ante la COVID-19, coronada por una chapucera implementación de las vacunas.

Los líderes populistas exitosos, por el contrario, aprovechan el poder del Estado de manera discrecional para crear puestos de trabajo para sus partidarios y proporcionarles bienes y servicios. Eso repugnaba a Trump... y pagó el precio electoral por ello. Muchos estadounidenses enfrentan problemas genuinos y Biden, afortunadamente, no sufre de una antipatía contra el poder del Estado que lo ate de pies y manos para mejorar sus vidas.

La supervivencia de la democracia requiere que tanto el Estado como la sociedad sean fuertes y se contrapesen. Para mantener este equilibrio es necesario un esfuerzo constante que, en última instancia, genera una mayor capacidad estatal para brindar a los ciudadanos lo que desean y fomenta una mayor movilización social para monitorear esa capacidad.

Este es el corredor en el cual Trump no podía funcionar; también es, esperemos, el punto donde todos quienes aspiran a destruir la democracia fracasarán en última instancia.

 

James A. Robinson, director del Instituto Pearson para el Estudio y la Resolución de Conflictos Globales, es profesor universitario en la Escuela de Políticas Públicas Harris de la Universidad de Chicago. Es coautor (con Daron Acemoglu) de The Narrow Corridor: States, Societies, and the Fate of Liberty y Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty.

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