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sexta-feira, 30 de outubro de 2026

Armagedón revisitado: las armas nucleares vuelven al centro de la agenda internacional - Rafael Grasa Hernández (CIDOB)

 

Armagedón revisitado: las armas nucleares vuelven al centro de la agenda internacional

Notes internacionals CIDOB_344
Armamento nuclear de Rusia, detrás de un soldado de las fuerzas militares rusas
Publication date: 10/2026
Author:
Rafael Grasa Hernández, profesor emérito de relaciones internacionales, UAB; investigador sénior asociado, CIDOB 
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Las armas nucleares y el riesgo de su uso –intencional o accidental– han regresado al centro de la agenda internacional en un momento marcado por la erosión de las normas de funcionamiento del sistema y del multilateralismo.

La expiración del tratado Nuevo START ha dejado en una situación de incertidumbre la limitación bilateral de armas nucleares estratégicas entre Estados Unidos y Rusia, que constituía un pilar de la limitación de armamentos nucleares desde principios de la década de 1960.

El régimen de no proliferación nuclear se debilita, mientras se acelera el rearme de las nueve potencias nucleares, especialmente de Estados Unidos, China y Rusia. Igualmente, en un contexto de transición energética, crece el interés por la energía nuclear civil.

 

El presente texto surge de la preocupación originada por la expiración (técnicamente, extinción por no renovación) del tratado Nuevo START (New Strategic Arms Reduction Treaty) en febrero de 2026, una pieza crucial del sistema de limitación de armamentos1 entre Estados Unidos y Rusia vigente desde principios de la década de 1960, durante la Guerra Fría. Ello ha erosionado fuertemente la estabilidad nuclear entre Estados Unidos y Rusia y, por ende, la del mundo entero, una cuestión que no ha dejado de agravarse en los últimos meses. De ahí que el título aluda al resurgir de Armagedón, una referencia bíblica habitual desde los años cincuenta hasta los noventa del siglo pasado: el riesgo de desencadenar una batalla final y un apocalipsis nuclear a causa de una guerra atómica, ya fuera intencional o accidental.

La importancia de dicha expiración va más allá de la simple eliminación de los límites numéricos respecto de cargas nucleares y vectores de lanzamiento de alcance estratégico, es decir, de más de 5.500 km. Con ella desaparece también uno de los últimos vestigios de un sistema de control nuclear, con décadas de existencia, de conocimiento compartido mediante inspecciones, intercambios de datos y regímenes de notificación, que hacían que los compromisos y acuerdos gozaran de la confianza de ambas partes.

En suma, se esfuma una comunidad epistémica entre adversarios, que garantizaba lenguaje y agenda comunes, predictibilidad y confianza mutua mínima: «paz imposible, guerra improbable», en palabras del pensador francés Raymond Aron en Paix et guerre entre nations (1962). El sistema, creado tras la crisis de los misiles cubanos de 1962, se basaba en la destrucción mutua asegurada mediante la disuasión nuclear recíproca, que buscaba hacer inviable un enfrentamiento atómico intencional, incluso tras un eventual primer ataque de una de las superpotencias, al garantizar que la otra (u otras) conservara una capacidad de represalia posterior inasumible.

Concretamente, esta estructura de control de las armas nucleares contaba con tres componentes: a) sistemas de consulta rápida entre superpotencias, al objeto de evitar usos accidentales de armas nucleares por falsas alarmas; b) un régimen de no proliferación nuclear, tanto horizontal (nuevos países con armas nucleares) como vertical (contención y reducción progresiva de los arsenales de las potencias atómicas), permitiendo a cambio usos civiles de la energía atómica; y c) limitación de armamento nuclear-táctico, nuclear intermedio y nuclear estratégico, incluyendo parcialmente la gestión de ensayos nucleares, fundamentales para la proliferación e innovaciones tecnológicas. Actualmente, los componentes a) y b) están muy erosionados, por debajo de mínimos: hemos regresado a los tiempos previos a la crisis mencionada de 1962.

Si eso de por sí ya es suficientemente preocupante, desde la invasión de Ucrania en 2022, menudean declaraciones del presidente ruso, Vladimir Putin, que banalizan el posible recurso a armas nucleares de tipo táctico o de campo de batalla. Algo similar ha hecho en alguna ocasión el presidente estadounidense Donald Trump, al menos de forma metafórica, refiriéndose a la posible aniquilación de Irán. Por añadidura, Trump prescinde de la comunidad de conocimiento y de la diplomacia tradicional al abordar cualquier negociación desde su lógica transaccional, que sólo busca acuerdos puntuales sobre un tema concreto con recompensas inmediatas, dejando los detalles, el núcleo duro de los acuerdos, especialmente en limitación de armamentos, para conversaciones posteriores. Ello implica perder el conocimiento y la experiencia acumulados para cuestiones que requieren mucho tiempo y habilidades. Recordemos, por ejemplo, que el acuerdo nuclear con Irán, el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA) de 2015, alcanzado entre Irán, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Alemania y la Unión Europea (UE), tomó dos años hasta su firma y entrada en vigor.

Las negociaciones de limitación de armamentos y, en particular, las de las armas nucleares, combinan confrontación, rivalidad y cooperación. Se ocupan de temas iterativos, que se repiten; exigen compartir información, ajustar mutuamente las expectativas, partiendo de una reputación previa acumulada. Por ello, incumplir un acuerdo, o cambiar unilateralmente lo previamente convenido, tiene mucho más impacto que el propio incumplimiento. 

En la actualidad, nos encontramos en esta situación: no sólo se ha perdido el acervo compartido, sino que ello ha erosionado fuertemente la arquitectura de seguridad internacional y, con ello, el régimen de no proliferación nuclear y la relación entre usos civiles y militares de la energía atómica. De esta forma, se incrementan los riesgos del uso no intencional, se diluyen los tabúes asociados a la amenaza del uso de armas nucleares y se dificultan el tiempo y los esfuerzos requeridos para generar nuevos acuerdos. 

Con la expiración del tratado Nuevo START en febrero de 2026 desaparece uno de los últimos vestigios de un sistema de control nuclear con décadas de existencia y de conocimiento compartido, que hacía que los compromisos y acuerdos gozaran de la confianza de las partes

La importancia de un nuevo tratado start y de medidas provisionales

De esta forma, el fin del tratado Nuevo START el 4 de febrero de 2026 ha puesto término a cinco décadas de limitación bilateral de armamentos nucleares y, por tanto, ha llevado a una situación en que, por primera vez desde principios de la década de 1970, no existen límites legalmente vinculantes sobre las fuerzas nucleares estratégicas rusas y estadounidenses, ni tampoco ningún proceso de negociación en curso para restablecerlos. 

Este tratado, firmado en 2010, había establecido que Estados Unidos y Rusia podrían disponer de 1.550 cargas nucleares estratégicas, 800 vectores de lanzamiento totales, y 700 desplegados y operativos. Además, contaba con mecanismos de verificación y transparencia muy detallados, incluyendo intercambio de datos, notificaciones e inspecciones in situ, y tenía una vigencia de 10 años a partir de 2011, con una única ampliación posible de cinco años, que se puso en marcha en 2021. No incluía provisiones para extensiones posteriores

Sus últimos años de existencia han sido problemáticos. Putin suspendió la participación de Rusia en el 2023, lo que puso fin a los intercambios de datos y a las visitas de inspección, aunque ambas partes manifestaron –y lo cumplieron– que respetarían los límites numéricos. Por tanto, entre 2023 y febrero de 2026 el Tratado siguió teniendo valor práctico y político, reforzando la estabilidad estratégica mediante garantías de cumplimiento. En septiembre de 2025, Putin propuso una extensión voluntaria por un año de los límites del Tratado, a lo que Trump contestó que era una idea que sonaba bien, pero nunca hubo negociaciones formales. Poco tiempo antes de su expiración, Trump sugirió que habría que negociar un nuevo tratado, que fuera mejor y en el que se incluyera a China2. Hasta hoy, no hay ningún movimiento hacia esa dirección.

¿Qué supone la expiración definitiva del Tratado? 

En primer lugar, la desaparición de la garantía de que la planificación estratégica bélica y nuclear no se descontrole, incrementándose la incertidumbre y el recurso a estimaciones y valoraciones de worst case, la peor de las posibilidades sin considerar su probabilidad, y con ello, el riesgo de escalada. En suma, aumenta el riesgo de una nueva carrera armamentística que acrecienta tanto las cargas nucleares como los vectores de lanzamiento, en especial los misiles, al generar proliferación vertical entre los estados nucleares. Incluso, en el caso de que eso no suceda, la falta de límites y el fin de la obligación de transparencia dificultarán la lectura –y la gestión– de las conductas e intenciones de los estados nucleares en situaciones de crisis, habituales en un mundo como el actual geopolíticamente tensionado.

Las consecuencias de esta expiración no se restringen a las relaciones bilaterales entre Rusia y Estados Unidos, sino que han impactado en el régimen de no proliferación nuclear, es decir, en el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP). En su conferencia de revisión de mayo de 2026: la Conferencia de las Partes encargada del Examen del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares, se profundizaron las divisiones entre estados nucleares y no nucleares. Todo ello en un contexto de incentivos crecientes para la proliferación, acrecentados tras la agresión estadounidense e israelí contra Irán a finales de febrero de este año, con el pretexto de garantizar la no proliferación nuclear3. 

Por primera vez desde principios de la década de 1970, no existen límites legalmente vinculantes sobre las fuerzas nucleares estratégicas rusas y estadounidenses, ni tampoco ningún proceso de negociación en curso para restablecerlos.

En el momento presente, seguimos sin tener ni agenda ni procedimientos negociadores para crear un nuevo tratado bilateral o trilateral. De ahí que sea especialmente importante establecer medidas provisionales, al menos bilaterales, para evitar el colapso total de las restricciones nucleares y reducir la carrera armamentística y el riesgo de uso de armas nucleares, en especial tácticas o de campo de batalla.

Algunas de las iniciativas que podrían considerarse son las siguientes:

  1. Establecer medidas de confianza y estabilidad estratégica entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad y los demás estados nucleares, de forma multilateral. No es preciso iniciar negociaciones sobre límites formales, bastaría con establecer intercambios regulares sobre percepciones, doctrina y tecnologías emergentes. Ello rebajaría el riesgo de falsas percepciones y equívocos que pudieran dar lugar a escaladas o a usos no intencionales.

  2. Reforzar los canales de comunicación seguros y plenamente fiables entre Rusia y Estados Unidos, como la línea directa permanente (hot line) que existe desde poco después de la crisis de los misiles cubanos de 1962. Y establecerlos, también, entre los cinco miembros permanentes, para gestionar crisis que puedan implicar a múltiples estados nucleares. En suma, instaurar, aunque sea informalmente, mecanismos de consulta semejantes a los que existían con el tratado Nuevo START.

  3. Poner de nuevo en la agenda la importancia de la limitación de armamentos y el papel en ella de expertos bien formados, para recuperar la estabilidad estratégica.

  4. Incrementar, por parte de la sociedad civil y la academia, la concienciación y educación sobre los peligros de la guerra nuclear y la urgencia de volver a establecer una comunidad epistémica que, mediante la gestión de límites autoimpuestos, permita gestionar las crisis. Una ocasión especial para ello surgirá del informe del Panel Científico Independiente sobre los Efectos de la Guerra Nuclear, establecido tras la aprobación de la resolución A/RES/79/238, adoptada el 24 de diciembre de 2024 por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

  5. Por último, y no menos importante, volver a poner énfasis en la racionalidad económica de la limitación de armamentos en un mundo que lleva 11 años seguidos incrementando su gasto militar y donde, además, a causa del impacto negativo de la crisis de la COVID-19, gran parte de las metas previstas y acordadas en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para el 2030 serán irrealizables.

En cualquier caso, el reto fundamental y más urgente es recordar la importancia de la disuasión nuclear, basada en el principio de la destrucción mutua asegurada. La razón es que la dinámica de seguridad mundial se está alterando por dos fenómenos: el resurgimiento de la guerra entre estados tecnológicamente avanzados y el desmoronamiento de las relaciones de Estados Unidos con sus aliados. Ambas dinámicas son factores causales de esa nueva inseguridad y de la creciente complejidad de la política de seguridad mundial, con importantes repercusiones para las armas nucleares estratégicas y la proliferación. Véase por ejemplo el debate en curso en Japón y Corea del Sur por la cobertura futura del actual paraguas nuclear estadounidense.

Los arsenales nucleares hoy

Karim Haggah, director del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) sostuvo, al presentar su anuario de 2026, que los peligros vinculados a las armas nucleares se incrementan por el impacto de la tecnología armamentística, la desaparición del régimen de limitación del armamento nuclear y el refuerzo de las tensiones geopolíticas, entre otros factores. Por si fuera poco, estadistas y personas influyentes abogan crecientemente por la necesidad de disponer de armas nucleares como garantía contra ataques de estados hostiles, incluso antiguos miembros del movimiento por la paz. 

En un contexto en el que se reavivan conflictos entre países poseedores de armas nucleares, como India y Pakistán, y en el que las estrategias de seguridad y defensa nacionales se volverán cada vez más dependientes de los arsenales nucleares, esta situación puede incrementar significativamente los riesgos de su uso. La lógica de la disuasión nuclear, basada en la destrucción mutua asegurada como principal garantía del no uso bélico de ingenios nucleares, se está resquebrajando. 

Desde el final de la Guerra Fría, la tendencia fáctica era que el desmantelamiento gradual de cargas nucleares retiradas por Rusia y Estados Unidos superaba el despliegue de nuevas cargas. Por tanto, año tras año, el inventario global de arsenales nucleares descendía. Sin embargo, tal y como apunta SIPRI, esta tendencia puede revertirse en los próximos años, al desacelerarse el desmantelamiento y acelerarse el despliegue de nuevas armas nucleares. A principios de 2026, por ejemplo, se contabilizaban 12.187 cargas nucleares: 9.745 de ellas para uso potencial, 4.012 desplegadas en misiles y aeronaves y el resto en almacenamientos centrales. Entre 2.100 y 2.200 de las cargas nucleares desplegadas –la mayoría pertenecientes a Rusia o Estados Unidos– están en alerta operativa alta en misiles balísticos, algo que en menor medida hacen también Francia, Reino Unido, China e India. 

Finalmente, durante el 2025, los nueve estados con armas nucleares4 continuaron modernizando y mejorando sus arsenales nucleares, desplegando muchos de ellos armas con carga nuclear o capaces de tenerla. No hay que olvidar, no obstante, que los arsenales nucleares son muy asimétricos: Rusia y Estados Unidos poseen en torno al 83% de los arsenales en disposición de ser usados, un 7% menos que en 2024, aunque con programas de modernización futura en marcha; por su parte, los de Francia (290 cargas), Reino Unido (225) y China (620) se han mantenido o incrementado. Lo relevante es que China está expandiendo su arsenal a mayor velocidad que cualquier otro país y exhibió nuevos sistemas nucleares en desfiles militares en 2025. Por ello, SIPRI afirma que, en función de cómo estructure sus fuerzas, China podría tener a principios de los años treinta del presente siglo casi tantos misiles balísticos intercontinentales como Rusia y Estados Unidos, convirtiéndose en el tercer actor protagonista de un hipotético nuevo acuerdo de delimitación de armas nucleares estratégicas, con un arsenal de unas 1.000 cargas atómicas. 

Es especialmente importante establecer medidas provisionales, al menos bilaterales, para evitar el colapso total de las restricciones nucleares y reducir la carrera armamentística y el riesgo de uso de armas nucleares.

Paralelamente, pese a la estabilidad de su arsenal en los últimos años, Reino Unido ha anunciado la intención de incrementarlo e incluso de eliminar la anterior decisión de desnuclearizar la Royal Air Force; y Francia está mejorando su fuerza de submarinos con misiles balísticos nucleares y diseñando una tercera generación de este buque, además de construir bases para los nuevos escuadrones de aviones Rafale con capacidad nuclear para misiles de crucero e hipersónicos.

Por último, cabe añadir que los nueve estados nucleares han incrementado aún más la opacidad y la ambigüedad estratégica respecto a sus programas de modernización. 

Un factor multiplicador, un regimen de no proliferación nuclear debilitado

Como ya se ha señalado, el régimen de no proliferación se basa en el TNP firmado en 1968 y en vigor desde 1970, con compromisos asimétricos basados en tres principios: a) los firmantes renuncian a proliferar o eliminan sus armas nucleares (Sudáfrica), excepto los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, únicos estados nucleares en 1968; b) esos cinco se obligan a reducir progresivamente sus arsenales; y, finalmente, c) nada impide el desarrollo de la energía atómica para fines pacíficos. Este Tratado es ya permanente y cada cinco años se celebra una conferencia de revisión, la última de las cuales es la realizada en Nueva York en mayo de 2026.

El régimen ha sido hasta el presente una historia de éxito respecto de la proliferación horizontal, puesto que en los años sesenta llegó a estimarse que para los años ochenta del siglo XX habría alrededor de 20 estados nucleares. Seguimos estando en nueve, habida cuenta del desmantelamiento del arsenal nuclear de Sudáfrica a principios de los años noventa, de su ingreso en el régimen de no proliferación y de la salida de Corea del Norte del Tratado en 2003. De esos nueve estados nucleares, como se ha mencionado, cinco son miembros permanentes del Consejo de Seguridad y forman parte del Tratado, por lo que deben cumplir con la no proliferación vertical, establecida en el artículo sexto; los otros cuatro (Pakistán, India, Israel y Corea del Norte) están fuera del Tratado.

Tras cuatro semanas de negociaciones, la conferencia de mayo concluyó sin consenso sobre un documento final, lo que supuso el tercer fracaso consecutivo de las reuniones de revisión. Dicho de otra forma, los compromisos adquiridos se reafirmaron o reforzaron por última vez en una conferencia de revisión hace 16 años. Y la próxima no tendrá lugar hasta 2031. Pésimo. 

La dinámica de seguridad mundial se está alterando por dos fenómenos: el resurgimiento de la guerra entre estados tecnológicamente avanzados y el desmoronamiento de las relaciones de Estados Unidos con sus aliados.

A pesar del actual contexto marcado por la modernización y el aumento cuantitativo de arsenales nucleares, la tensa situación internacional y el incremento de la retórica nuclear, el desacuerdo era claro días antes de la clausura. Las crónicas diarias del Reaching Critical Will (NPT News in Review) no dejan dudas. El 21 de mayo circuló una versión preliminar que ya reflejaba fuertes disensiones entre los cinco miembros del Consejo de Seguridad poseedores de armas nucleares y los restantes miembros del Tratado sobre una condena a Irán (exigida por Estados Unidos) y, sobre todo, acerca del incumplimiento de esos cinco miembros de la obligación del artículo sexto en pro de su desarme nuclear. La declaración que se publicó el día 22 de ese mes diluyó aún más la versión preliminar, como si la hubieran escrito los estados nucleares. El resultado fue inequívoco: rechazo al texto.

Ciertamente, como recordó el presidente de la Conferencia, aunque las obligaciones legales del Tratado continúan vigentes y las partes deben mantener sus compromisos, el régimen queda claramente debilitado. Y más aún, si tomamos en consideración elementos adicionales que influyen en el régimen. En primer lugar, la escasa efectividad de los acuerdos destinados a limitar o prohibir los ensayos nucleares, fundamentales para la modernización de los arsenales. Trump anunció su intención de reanudarlos, a lo que se han sumado los otros cuatro estados nucleares reconocidos por el Tratado. Ello pone en el centro de la agenda el enriquecimiento de uranio, un negocio multimillonario que incrementa los riesgos de proliferación. En segundo lugar, las derivas peligrosas de algunas potencias medias, que han manifestado su interés –de momento retórico– en rearmarse, en enriquecer uranio e incluso en adquirir armas nucleares, lo que implicaría renunciar al Tratado. Tres países lo han dicho con claridad: Corea del Sur, Arabia Saudí y Polonia. 

Un tercer riesgo son los cambios en las doctrinas nucleares de las potencias nucleares. El caso más importante es el de Francia y su propuesta de ampliar la disuasión nuclear al conjunto de la UE, especialmente relevante porque, tras el Brexit, es el único Estado de los 27 poseedor de armas nucleares. Más allá de las ambigüedades del discurso del presidente Emmanuel Macron y de las dificultades logísticas derivadas de un arsenal y una tríada nuclear relativamente reducidos como la francesa, no es jurídicamente claro –más bien lo contrario– que Francia y los países que se acogieran a ese paraguas extendido pudieran hacerlo siguiendo el Tratado de No Proliferación Nuclear.

Por último, dejando de lado el creciente interés por los riesgos para la agenda futura que genera la inteligencia artificial (IA) y temas conexos vinculados a las estrategias y armas nucleares, cabe poner el foco en la proliferación nuclear en Oriente Medio, una región que en los últimos seis meses, desde la guerra iniciada por el ataque de Israel y Estados Unidos a Irán, está cambiando radicalmente en términos de políticas de seguridad, defensa y transporte.

Israel es la única potencia nuclear de la región, fuera del Tratado y sin admitir oficialmente su condición de tal, que mantiene desde hace décadas una política que busca impedir, incluso militarmente, cualquier intento de proliferación en la zona, en particular en los casos de Irak e Irán. Asimismo, está incrementando sus cargas nucleares y mejorando sus vectores de lanzamiento y, como no pertenece al TNP, su arsenal nuclear no está sujeto a los mecanismos internacionales de control y verificación propios de dicho régimen. Por el contrario, los intentos proliferadores de Irak (hoy ya historia acabada e inviable) y los de Irán siempre han estado sujetos, como partes activas del TNP, a regulaciones, inspecciones y verificaciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA); además, con compromisos añadidos, como los que asumió Irán en 2015, el acuerdo que denunció unilateralmente Trump en 2018.

La situación regional se complica por la creciente percepción de los estados árabes de que Estados Unidos ya no puede garantizar suficientemente su seguridad, dado su alineamiento casi incondicional con Israel y su búsqueda de hegemonía regional absoluta, así como la capacidad de Irán de estrangular las economías de los países extractores de gas y petróleo mediante su control del tránsito por el estrecho de Ormuz y el de Bab el-Mandeb. Están surgiendo nuevas alianzas y coaliciones de seguridad, en particular la que existe entre Arabia Saudí, Pakistán (Estado nuclear) y Turquía, que gravan el riesgo de proliferación saudí a través de un acuerdo reciente con Estados Unidos. Eso nos lleva al vínculo entre usos civiles y militares de la energía nuclear.

Evitar Armagedón: la relación entre uso civil y militar de la energía atómica

El vínculo entre los usos civil y militar de la energía nuclear es antiguo, previo al TNP: se remonta al programa «Átomos para la paz» (1953) surgido del discurso que lanzó el presidente de Estados Unidos Eisenhower, posteriormente adaptado por otros países, para fomentar la utilización pacífica de la tecnología nuclear, básicamente para la producción de electricidad. 

Hay una clara interconexión entre el tipo de industrias y tecnologías necesarias para el uso civil y el requerido para fabricar armas, en particular, en todo lo que tiene que ver con el enriquecimiento de uranio. De ahí que autores diversos, como Holloway (2026), hayan señalado que ahí está el pecado original: la difusión y democratización de una tecnología, la venta de reactores civiles y la formación de personal especializado en ingeniería y conocimientos nucleares, que proporciona la masa crítica epistémica de la proliferación. El salto proliferador depende, más tarde, de una decisión política y de proveer de suficientes recursos.

Este tema, en la actualidad, es esencial a causa de la transición energética. Basta con dos ejemplos: la nueva y creciente demanda de reactores nucleares civiles, en alza ahora y en el futuro próximo; y el acuerdo mencionado entre Estados Unidos y Arabia Saudi para energía nuclear civil (aún condicionado a la adhesión saudí a los acuerdos de Abraham que reconocen a Israel) que, a diferencia del de 2009 con Emiratos Árabes Unidos (EAU), no prohibiría el enriquecimiento y reprocesamiento domésticos, que facilita mucho la proliferación.

En resumen, Armagedón revisita la agenda y se vuelve, como nunca desde los años noventa, una cuestión central para el contexto actual, tanto para las grandes y medianas potencias como, incluso, para el Sur Global. Por ello hay que insistir en que la disuasión nuclear, hoy debilitada, exige equilibrio entre incertidumbre gestionable y capacidad creíble de destrucción mutua asegurada, por lo que los instrumentos de verificación son mucho más importantes que la mera reducción de arsenales. Sin ellos, al no disponer de acuerdos estratégicos bilaterales ni multilaterales, las sospechas se retroalimentan y se producen dilemas de seguridad y escenarios que fantasean con la peor de las posibilidades. Y sabemos, desde hace tiempo, que las carreras de armamentos no nacen tanto de la voluntad agresiva de una parte, sino de la degradación de la confianza en los otros y de la carencia de suficiente conocimiento previsible.

La disuasión nuclear, hoy debilitada, exige equilibrio entre incertidumbre gestionable y capacidad creíble de destrucción mutua asegurada, por lo que los instrumentos de verificación son mucho más importantes que la mera reducción de arsenales.

Necesitamos la limitación de armamentos, y ello exige imperativamente instituciones en el sentido sociológico o anglosajón de la palabra; esto es, reglas y normas de conducta compartidas. Evitar Armagedón supone apostar por reconstruirlas.

Notas:

1- La limitación de armamentos (arms control), a diferencia del desarme, no pretende eliminar totalmente ninguna categoría de armas o un tipo de vectores de lanzamiento, sino establecer reglas de funcionamiento compartidas sobre armas y vectores, para evitar sorpresas y reforzar la gestión de crisis. Son fundamentales las inspecciones in situ, los intercambios de telemetría y las notificaciones de movimientos, especialmente en el ámbito de las armas de destrucción masiva. 

2- China dispone de 600 cargas nucleares y puede llegar a alrededor de las 1.000 a principios de la década de 2030, frente a los arsenales totales de en torno a 5.000 de rusos y estadounidenses.

3- Países como Corea del Sur, Japón o Polonia, por ejemplo, han interpretado que de haber dispuesto Irán de capacidad de represalia nuclear, como Corea del Norte, no hubiera sido tan fácil optar por el ataque. Véase Bulletin of Atomic Scientists (junio 2026).

4- Recordemos que son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, además de Pakistán, India, Israel y Corea del Norte. Los cinco primeros forman parte del TNP, pero no los cuatro últimos.

5- Y sobre el resto, Pakistán tiene 170 cargas, India 190, Israel 90 y Corea del Norte entre 50 y 60.

6- Formada por misiles balísticos intercontinentales terrestres (ICBM); submarinos lanzamisiles balísticos (SSBN) y bombarderos estratégicos capaces de portar y lanzar armas nucleares.

E-ISSN: 2013-4428

DOI: https://doi.org/10.24241/NotesInt.2026/344/es

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